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Violencia

Lo más habitual es que cada vez que alguien saque el tema de la violencia de género, la Comunidad se le eche encima. No importa qué argumentos defienda, que siempre habrá alguien ya posicionado que procurará encontrar algo para tambalear un discurso que, muchas veces, suele ser bien intencionado. Pocos artículos que respalden la violencia contra mujeres, homosexuales o transexuales habrá en la Red. Es una desgracia que, en lugar de intentar ponernos de acuerdo para aportar soluciones, nos enzarcemos en problemas generados por la ambigüedad de una palabra, malentendidos entresacados de un par de líneas escritas quizá demasiado rápido, o de comparaciones desafortunadas.

Acepto que me estoy metiendo en problemas intentando aportar mi punto de vista, pero no acepto el que me digan que me estoy metiendo donde no me llaman, porque hasta el último de nosotros es responsable de que el machismo más discreto siga serpenteando entre nuestras conversaciones día a día. No solo los hombres, las mujeres son machistas también, ambos sin saberlo muchas veces. Vamos a dejarlo claro: responsables somos todos; culpables, algunos menos.

¿Machista yo?

Sí. Por desgracia, muchísimas de las lenguas que hoy perduran han evolucionado siguiendo un patrón común: la distinción entre sexos mediante el uso del género de las palabras. Me es complicado entenderlo a día de hoy, en la sociedad en la que vivo, porque siempre que pienso en este tema termino en una pregunta que no sé contestar: ¿qué necesidad había? Es decir, ¿qué más da si es ‘ella’ o ‘él’? Si eliminásemos esta distinción, dudo muchísimo que nos encontrásemos con problemas de comunicación. Y aún así, tras cientos de años, a la sociedad parece no haberle sobrado esta marca. Una palabra para ‘hombre’ y otra para ‘mujer’, para tratar el tema biológico, habría bastado, ¿no?

Sin embargo hacemos distinción de esto, y lo que es peor, en lugar de eliminarlo hemos resuelto que lo mejor es mantenerlo y marcarlo más. Los cuñados de los políticos (porque cuando hablan así, es como nos suenan) ya empezaron hace tiempo con correcciones del tipo: “diputados y diputadas”. No hay ninguna necesidad, y además va en contra de la economía del lenguaje. Con el género neutro nos entendemos todos. Pero es esperable de ellos, porque tienen que ganar sus votos a toda costa, y por eso recurren a minorías —no tan minoritarias— para ganar influencia y terreno. No hay que dejarse ganar por el discurso populista de los políticos. Cuando se inventan normas del lenguaje lo hacen precisamente porque saben muy bien lo que hacen: en el momento en que comienzas a hablar en el mismo código que ellos, ya te han ganado. Tergiversan los significados de algo muy poderoso y frágil al mismo tiempo: las palabras.

Las palabras son los cimientos del pensamiento. Conocer más te ayuda a distinguir, a fundamentar, y a ganar perspectiva. Usar siempre la misma palabra para todo es prostituir el lenguaje. Es denostarlo para restarle significado y esparcir la gama de ideas que lo sustentan. ¿Y esto qué tiene que ver con el machismo? En mi opinión, estamos educados en un lenguaje que ha sido eminentemente paternalista durante muchos años, y que ha dado predominancia al hombre. Eso es así. Los españoles hablamos una lengua que con muchas comillas podríamos tildar de “gramaticalmente machista“. No es que seamos machistas porque hayamos decidido serlo, sino porque a veces no nos damos cuenta. Cualquier adjetivo que se te ocurra tendrá más acepciones negativas si está en género femenino que en masculino. Y si comparamos a una mujer con un animal, seguro que te cuesta encontrar uno que no parezca ofensivo para ella. Pero no debería ser así. Cada vez que te irrites al escuchar un apelativo que solamente suena mal cuando nos referimos a una mujer, estás siendo machista si esa acepción no es una ofensa.

Que un hombre sea astuto es bueno. Que lo sea una mujer, malísimo. Los demás pueden creer lo que quieran, pero tú no tienes por qué hacerlo. Cambiemos eso. La palabra no tiene la culpa, es la acepción que hemos aceptado.

Ahora bien, yo no he venido a dar clase de lengua sino a mojarme en esto de la —para mí— mal llamada violencia de género.

Y me explico.

¿Qué es la violencia?

Es una definición extensa, pero para el caso que nos ocupa, yo diría que es “una forma de actuación que emplea la fuerza física o psicológica para vencer una resistencia, llegando a dañar o a incomodar”.

Seguro que lo puedes definir tú mejor, pero seguro también que estamos de acuerdo en que la violencia hace daño y no sólo físicamente.

¿Qué es el género?

No quiero ponerme frívolo con el tema porque ya es delicado de por sí y mi intención no es herir sensibilidades, pero voy a recurrir al Diccionario de la Real Academia Española. Sé que tiene detractores a mansalva (no sólo en España), que a algunos les parece que no tiene peso porque han aceptado palabras vulgares —que por alguna razón creen que no deberían estar registradas en un inventario de vocabulario oficial—, porque piensan que es un órgano rancio y machista, o porque sale la palabra “España” por ahí. Vamos a dejar otros temas que no tienen nada que ver a un lado, por favor. Ya se frivoliza mucho con el DRAE en cuestiones como estas.

Voy a escoger sólo las acepciones que nos interesan:

  1. 1. m. Conjunto de seres que tienen uno o varios caracteres comunes.
  2. 2. m. Clase o tipo a que pertenecen personas o cosas
  3. Grupo al que pertenecen los seres humanos de cada sexo, entendido este desde un punto de vista sociocultural en lugar de exclusivamente biológico.
  4. 8. m. Gram. Categoría gramatical inherente en sustantivos y pronombres, codificada a través de la concordancia en otras clases de palabras y que enpronombres y sustantivos animados puede expresar sexo.

La primera no es la que buscamos para referirnos a hombres y mujeres. Es demasiado genérica. Es más cercana a la acepción de mercancía.

La segunda más de lo mismo, solo que aún más genérica.

La tercera es interesante. Para mí, deja abierta la interpretación a demasiadas cosas. Fue añadida en la revisión de 2014 por fuerza del arrastre de movimientos y leyes de aquel entonces. Viene a acompañar a la polémica que trajo el hecho de relacionar la violencia con un sexo biológico concreto.

Y la última y siempre importante, aunque queda delegada a un octavo lugar, es la del género de las palabras. Siempre he defendido y defenderé que esta es una de esas palabras a las que yo llamo ‘prostituidas’. Y quería detenerme aquí antes de concluir con el resto de definiciones.

Violencia de género

El primer acto de violencia, y aquí sí que entro en un terreno más opinable y personal, es contra la propia palabra. No ha sido una incesante batida de décadas la que la ha puesto ahí con ese significado nuevo. La RAE solo registra, no legisla (me agoto de aclarar esto, pero no tengo opción). Que una palabra, o en este caso concreto connotación, entre a formar parte del DRAE solamente significa que, o bien hay mucho escrito —y culto— que hace referencia a ella, o que se escucha bastante en canales verbales, como viene a ser la calle, aunque de nuevo, reflejado por escrito. Que exista en el diccionario no significa otra cosa más simple que esta: que se está usando.

¿Pero quién la ha acuñado?

Pues como muchas de las cosas que suceden hoy en día, yo apuesto a que es anglosajona. Esto es, un anglicismo enmascarado. En inglés, ‘gender’ y ‘sex’ son palabras sinónimas. Significan lo mismo según algunos diccionarios (ellos no tienen diccionario oficial). En español, esto es bastante raro. Dos palabras se suelen parecer pero siempre hay algún matiz que las diferencia, por lo que, aunque entendemos que dos palabras sinónimas son equivalentes, lo que en realidad significa es que son intercambiables en la gran mayoría de los casos. Pero siempre trae algo de concreción usar una u otra, aunque sea solamente por la variación lingüística (zona en la que se habla, con quién se utiliza o modo de empleo según lo requiera la cortesía). En español estas dos palabras no tienen casi nada que ver, lo que ocurre es que la referencia gramatical para una mujer está marcada por el género. En este caso el género gramatical. Seguro que se utilizó muchos años antes en alguna parte, pero se ha terminado anteponiendo para cumplir fines políticos.

¿Qué problema puede haber con esto?

‘Género’ es una palabra muy utilizada para aglutinar, para que sea más fácil hablar de diversos problemas con un germen común. Es ambigua, algo que gusta mucho a aquellos que se pelean por ganarse los oídos de la gente, por lo que si crees que estás incluido, te sentirás incluido cuando hablen de ella; y si no, pasarás. Una palabra así homogeneiza problemas dispares, y su abuso hace invisible a todos esos estamentos a los que se supone que cobija. Defender la violencia de género me resulta similar a defender la paz en el mundo. Es fácil defender ideas así porque no tienes que mojarte las manos. Poniendo nombres concretos a tus problemas también acotarás el ámbito de su solución. Maquillando el nombre creamos eufemismos. Esto se hace constantemente, como ya recordarás con ‘austeridad’,  ‘crecimiento negativo’ o ‘reforma estructural’. Al final unos creen estar entendiendo una cosa, otros otra, pero el significante sigue siendo el mismo. Esta es una de las grandes formas de domino político.

Vamos a desglosar quiénes serían afectados por la violencia de género.

  • Mujeres.
  • Hombres.
  • Homosexuales.
  • Transexuales.
  • Bisexuales.

Cada uno de estos estamentos tiene una forma de entender su sexo de forma socio-culturamente distinta.

La propuesta que humildemente planteo

Si lees o escuchas un incidente acerca de la violencia de género, ¿qué acertarías a decir que ha ocurrido?

  • Un hombre ha golpeado a su esposa.
  • Una mujer ha golpeado a su esposo.
  • Una mujer ha insultado/humillado a un homosexual.
  • Un hombre ha insultado/humillado a un homosexual.
  • Alguien (junta toda la combinatoria posible, que no quiero repetirme tanto) predica que los transexuales son gente enferma que reniega de un sexo del que no pueden desapegarse y los pone en ridículo. No nos vayamos muy lejos: estaba pensando justamente en el bus naranja ese que todos sabemos.

Son casos tanto de violencia física como psicológica. Entendemos que en el caso de hombres y mujeres es en ambos sentidos (los dos primeros ejemplos), y en el resto sería ejercer esta violencia entre personas heterosexuales, homosexuales, bisexuales y transexuales.

Nuestra cultura (sobre todo la española) nos ha enseñado a etiquetar a la gente con el fin de no gastar energías en intentar conocerla y aceptarla con sus múltiples particularidades. Me parece bien abordar estos calificativos (homosexual, heterosexual, mujer, etc) cuando redundan en encontrar la causa de problemas. En el resto de casos, muchas veces sesgan más que dar visibilidad. En España somos muy de mi equipo de fútbol: si tú no eres del mismo equipo que yo, tendré que ver que no seas un rival que haga perder al mío para que seamos amigos. “Si no eres como yo, es que eres extraño y probablemente inferior, ya que la sociedad no te favorece como a mí”.  Preguntad a los “frikis” sobre el tema.

Entonces, ¿qué nombre le ponemos?

Pues en principio, vamos a llamarlo por su primer nombre: violencia. En esto seguro que estamos todos de acuerdo (y si no, revisemos la entrada de cualquier diccionario o enciclopedia).

Para lo segundo:

  • Si la víctima se trata de una mujer, y es víctima por el hecho de serlo, es violencia machista. También se acepta “violencia contra la mujer” ya que tiene un aspecto más amplio y es más directo.
  • Si la víctima se trata de un hombre, y es víctima por el hecho de serlo, es violencia hembrista.
  • Si la víctima se trata de una persona homosexual, y es víctima por el hecho de serlo, es violencia homófoba.
  • Si la víctima se trata de una persona transexual, y es víctima por el hecho de serlo, es violencia tránsfoba.

¿Muchas? A mí me parece que cada una tiene derecho a ser dicha con nombre propio.

A notar aquí:

  1. Que la víctima sea una mujer, no lo convierte automáticamente en violencia machista. Por favor, no seamos frívolos.
  2. Entre los propios homosexuales también hay violencia entre parejas. Sería absurdo llamarlo homofobia. En todo caso, esto es violencia doméstica (aunque aquí también entran técnicamente sus hijos).
  3. Los casos de violencia hembrista son tan reducidos que apenas tiene sentido hablar de ellos. Sí, existen, pero no representan un problema social, sino algo mucho más localizado.
  4. No he abordado en estos casos de la discriminación hacia las mujeres dentro del entorno laboral. El mal es el mismo, pero abordar una guerra en una sola batalla es inútil. El feminismo tiene que ir ganando varias batallas que llevarán muchos años.
  5. Y por favor, permíteme una última cosa si no es molestia (es un artículo largo). No confundamos más ‘hembrismo’ con ‘feminismo’. Puedo decir, por experiencia propia, que muchas personas no conocen la primera palabra y asimilan ‘feminismo’ como una sublevación de las mujeres. De nuevo, es muy importante conocer bien el significado de las palabras para que no nos engañen.

En definitiva, si quieres dar más visibilidad al tipo de agresor o al agredido, yo procuraría usar la palabra que corresponda en cada caso. No es tan difícil. La gente que quiera influir utilizará conceptos como ‘género’ que —para mí— son nebulosos. Y como crítica, por favor, no nos quejemos tanto de los medios y de los políticos si nosotros mismos no somos capaces de diferenciar las cosas. Llamemos a las cosas por su nombre para que sepan que no somos tan manipulables como piensan.

Escrito por Miguel Hernández Jaso

Autor del blog. Desarrollador especializado en iOS.

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