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La carrera es larga, no importa que salgas movido en la foto

Un sol espléndido. Sonrisas en buena compañía, todas mirando a la cámara. Un bello paisaje sirve de postal a lo lejos, estratégicamente colocado para que apreciemos algún detalle concreto —aunque la foto esté descuadrada—. Al pie, un comentario invita a pensar que es un momento mágico, irrepetible. Y tú te lo has perdido.

Y sí, estás bebiéndote tu café en casa, en pijama, con la cama todavía sin hacer y la ropa dentro de la lavadora echándose un mus desde ayer. Miserable.

Quizá te suene. Este tipo de fotografías inundan las redes sociales desde hace años, y se han convertido de forma vertiginosa en una auténtica competición de ego. Incluso no participando en ella —o puede que por eso mismo—, la foto del “estoy aquí”, esa moda de los denominados ”selfies”, no terminó de colmar la paciencia de todos. Es como si nos hubiéramos dado cuenta de lo importante que es hacer publicidad sobre lo buena que es nuestra vida: porque somos geniales y tenemos que demostrarlo —por alguna razón.

La felicidad ajena entre las legañas un domingo por la mañana.

No quiero detenerme ante este fenómeno de “narcisismo 2.0” simplemente porque no hay forma de pararlo. A quién voy a convencer para que deje de compartir momentos idílicos si ni tan siquiera he conseguido exterminar “spoiler” o “LOL” del vocabulario de nadie, ni siquiera de quienes lloran porque todavía existe “almóndiga” en el diccionario. Cada uno que coma y lea todo lo mal que quiera.

Visto esto, la publicidad no interesa solo a las grandes compañías. El resto de nosotros también quiere llamar la atención con su escaparate. Es ahora cuando estos dos mundos han encontrado la forma de retro-alimentarse, porque los usuarios publicadores son ahora consumidores de publicidad dirigida exclusivamente a ellos gracias a la enorme información que aportan.

Cuando todo lo que percibes es perfección y felicidad a tu alrededor, es normal que creas que estás haciendo algunas cosas mal. Puede llegar a resultar en una intermitente y amarga sensación cuando enfrentas tu yo al inmenso poder de difusión que tienen las redes sociales. Incluso cuando sabemos que son un escaparte de lo mejor de cada uno, porque tú te comparas con todos a la vez, sin discriminar los errores o elipsis informativas de cada uno de ellos.

Creo que, frecuente e inconscientemente, hay quien termina por generar una suerte de entidad ficticia formada de todo aquello que le rodea: un super personaje sin rostro que posee una sucesión infinita de bondades, haberes, instantes fabulosos, saberes interesantes y vivencias únicas; a pesar de que —repito— solo es un filtro de lo mejor todos.

Es un titán que nosotros mismos construimos a partir de ideas inconexas y que, en ocasiones, nos hace sentirn pequeños por la enorme sombra que proyecta.

El ‘Frankenstein’.

Este Frankenstein es a veces culpable de extraer de nosotros un sentimiento narcisista que se alimenta de saber que otros nos están contemplando.

Las comidas, las vacaciones, las fiestas con los amigos, las compras, incluso momentos de soledad, son objeto de ser fotografiados y difundidos entre tanto conocidos como desconocidos. Con el surgimiento de esta práctica, cada vez está más socialmente aceptado capturar y compartir aquellos instantes que presuntamente estamos a punto de disfrutar.

Y hay a quien se le enfría la cena mientras intenta sacar la mejor foto que puede para poder compartirla antes de comérsela.

Si capturar un momento va a privarnos de vivirlo íntegramente, quizá debamos detenernos a pensar en a qué estamos dando más importancia: si a nosotros, o a la opinión del resto.

Recordemos que son instantáneas. Son el mero retrato de un momento que se perderá en el tiempo; un fragmento de una historia más grande, y que perfectamente podría ser más vulgar de lo que te parece.

No seas el amigo plastificado.

Eres genial. No pierdas el tiempo intentando demostrarlo. A veces tendrás peores rachas que el resto, otras veces mejores.

Recuerda que, así como leer revistas de belleza solo hará que te sientas más feo, compartir todo con contactos de Facebook probablemente te haga parecer más vulgar.

Pasarán los años, te harás más viejo —quizá más sabio—, y entonces, cuando eches la vista atrás, apreciarás todas las posibilidades que te brindaba la vida en su momento, mientras estabas más pendiente de decirle al mundo quién querías ser que en llegar a serlo.

No podrás evitar el pensamiento de que podías haber hecho más, pero no pasa nada, porque aunque no lo sepas todavía, eres mucho mejor de lo que crees. La probabilidad de tomar las decisiones correctas en la vida es igual para todos. No te compares. No te preocupes por lo que haga el resto. Tardarás años en darte cuenta de quiénes tenían éxito real, o simplemente prefirieron pasar por el microondas y sacar la foto.

Sé cómo el buen vino.

No te permitas el lujo de medir tu autoestima con un contador de “Me Gusta” o con “retuits”. Nada es más real que tu propia vida. Aunque sea aburrida — como lo es generalmente la de todo el mundo—, recuerda que somos el producto acumulado de los años. Quizá prefieras los halagos cuando seas un “buen reserva”.

No te permitas el lujo de que unos cuantos “Me Gusta” llenen un vacío que tú mismo has dejado por olvidar que realmente, todavía no ha llegado tu momento.

Aprecia lo que tienes con los tuyos y deja el móvil en el bolsillo. Recuerda que antes no llevábamos una cámara digital a todas partes —ni teníamos Internet.

Antes simplemente narrábamos todo porque nadie era conocedor de nuestros hitos. Es cierto que no es tan verídico, que al final exageramos y nos inventamos cosas, pero es más divertido y resulta ser menos falso que una foto programada o provocada.

Así seremos los dueños de aquellos momentos. Nadie podrá acudir a Facebook o Twitter para corroborar nada, porque simplemente las historias nos pertenecerán solamente a nosotros.

Si yo te creo…

Dejemos que el resto crea que nos lo creemos. Tú y yo no deberíamos olvidar de que la vida es como el Tetris: los éxitos desaparecen silenciosamente, mientras que los problemas se acumulan hasta convertirse nuevamente en éxitos. Las puntuaciones de los demás nos deberían dar igual. Tampoco sabemos cuántas partidas llevan jugando…

Por eso, como conclusión, me apetecía “desmontar” esos grandes momentos del muro de Facebook. No con ánimo de envidia, sino para recordar que, muchas veces, la hamburguesa de la foto no sabe como la del cartel.

Escrito por Miguel Hernández Jaso

Autor del blog. Desarrollador especializado en iOS.

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